Yenifer Chacón es la prueba viviente de que cambiar los libros de medicina en Mérida por una maleta de veinticuatro kilos y un billete a lo desconocido es el mejor acierto cuando el plan B es comerse los mocos en su país natal. La venezolana, que empezó lavando ropa con los dedos congelados en el Páramo de Ecuador y terminó siendo un baluarte del porno duro internacional, no tiene pelos en la lengua para retratar el percal, se mea en los tabús de los meapilas que la llaman enferma, mientras no se han hecho una analítica en su vida, y desmonta a esos machos de pacotilla que van de empotradores por la calle pero se cagan vivos cuando una tía segura de sí misma les propone un trío. A Yenifer no le tembló el pulso para mandar a paseo a un novio controlador en Bogotá, sobrevivir a la pandemia encerrada en un estudio webcam en Medellín y plantarse ante los directores franceses más capullos exigiéndoles respeto y billetes. Entre sus líneas rojas —nada de abusos fingidos, ni vómitos, ni escatologías porque “las guapas no hacemos popó”—. La andina se ha montado un imperio a base de poner límites y no perdonar la memoria a los falsos amigos que le daban la espalda cuando vendía la cama para comprar el bus. Un monumento con patas a la resiliencia y al hedonismo bien entendido.
La historia de resiliencia y mucho vicio de Yenifer Chacón
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