Whitney Wright se plantó en Irán en 2024 como quien se va de escapada a Lisboa, se puso el hiyab, se hizo cuatro fotos en sitios con carga política como el Palacio Golestán y la antigua embajada de EE. UU. —el famoso “nido de espías”— y se quedó tan ancha. Mientras, en las redes ardía Troya. El problema era el contraste brutal; una actriz porno extranjera paseándose sin consecuencias por un país donde ese mismo trabajo te puede costar la vida. Y mientras tanto, mujeres iraníes jugándose la piel por no llevar el velo correctamente. La activista Masih Alinejad le dijo que todo es muy “bonito” hasta que te toca vivir bajo leyes que te aplastan. Comparación con Rosa Parks incluida, por si alguien no pillaba el mensaje.

Al final, lo de Whitney Wright puede parecer una anécdota menor, pero encaja en un tablero bastante más enrarecido. Mientras el régimen iraní mantiene una represión interna constante y aplica la ley con claros dobles estándares, en el otro lado tampoco abundan las posiciones coherentes. Donald Trump ha apostado por una estrategia de máxima presión que elevó la tensión con Irán y contribuyó a endurecer aún más el escenario hasta llegar a la guerra actual, más absurda si cabe con el paso de los días.

En paralelo, el genocida Benjamin Netanyahu ha consolidado el conflicto con Irán como uno de los ejes centrales de su política de seguridad, en un contexto regional cada vez más volátil, pero con el fin de perpetuarse aún más en el poder. Mientras, los discursos simplistas también asolan nuestro entorno, puesto que parece que si estás en contra de un régimen es porque estás a favor del otro.

Esa visión maniquea ignora que es perfectamente posible —y, de hecho, razonable— criticar a ambas partes al mismo tiempo. Señalar la represión del régimen iraní no obliga a validar estrategias de confrontación externa en un marco ilegal, del mismo modo que cuestionar esas políticas no implica justificar lo que ocurre dentro de Irán.






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