Penny Pax

De entre todas las pornstars con esa cercanía de vecina de al lado, lo suficientemente guapas como para fijarse en ellas pero también lo bastante normales como para que no parezcan supermodelos o strippers totalmente alienadas, quizá Penny Pax es una de las más queridas. Es, de hecho, una de esas starlets que genera auténtico cariño en los fans, más allá del deseo superficial o la admiración profesional.

Nacida en la soleada Florida, su aspecto no es el típico de las starlets criadas en Miami: unas gafas que rara vez se quita en sus escenas la convierten en una criaturita adorable, incluso ahora que bordea la treintena. No tiene tatuajes, no se ha operado, no lleva piercings y se hace difícil decidir si está más guapa de rubia o de pelirroja, dos tonalidades que ha lucido durante su carrera aunque parece preferir la última. Se le daba muy bien el deporte y le encantaba nadar, así que acabó aceptando un empleo como socorrista en las playas de Miami y en ese trabajo moldeó su cuerpo, lo que le granjeó ofertas parta hacer de modelo a tiempo parcial, lo que acabaría desembocando en el porno.

En el porno, eso sí, dice que entró con mal pie: la que iba a ser su segunda escena al final resultó ser un chalado intentando abusar de ella, pero por suerte Penny hizo amigos muy pronto en la industria y le ayudaron de aquel indeseable embrollo para situarla después en el camino correcto. Desde entonces han pasado ya siete años en el momento de escribir esta líneas (verano de 2018) y Penny afirma estar encantada con su profesión y con su trayectoria: asidua de Kink y de Girlfriends Films, el porno le ha permitido hacer realidad sus fantasías sexuales y conocer mejor sus límites y sus propios gustos. Precisamente sobre eso habla la considerada su mejor película, The Submission of Emma Marx, una reinterpretación de Cincuenta sombras de Grey que elevó ostensiblemente su caché.

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