La vieja y la inocente

La vieja y la inocente

La arrugada viejecilla se sentía llena de contento al ver a un hermoso niño al que todos hacían fiestas a quien todos querían agradar; aquel lindo ser, tan frágil como ella, la viejecita, y también como ella, sin dientes ni pelo. Y se acercó a él para hacerle gracias y agradables carantoñas.

Pero el niño, espantado, se revolvía bajo las caricias de la buena mujer, decrépita, y llenaba la casa con sus chillidos. Entonces, la buena vieja se retiró a su eterna soledad, y lloraba en un rincón mientras se decía: «¡Ah, para nosotras, desgraciadas hembras viejas, ya ha pasado la época de agradar, incluso a los inocentes; y horrorizamos a los pequeños que queremos amar!».

La desesperación de la vieja, de Charles Baudelaire

Fotografía obra de Judy Dater, fotógrafa y feminista. En la imagen, de 1974, la anciana Imogen Cunningham, una de las primeras mujeres en dedicarse a la fotografía, en su encuentro con una ninfa en los bosques de Yosemite, la modelo Twinka Thiebaud.

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