El fórceps de la muerte

Fogardo

Por 44

Allí, y en las cenizas de las parrillas de los hornos crematorios, pervive una sombra de encanto seductor: la de la plenitud máxima alcanzable por el hombre. No el escalofrío febril del asesinato alevoso sino el asesinato legitimo, un deber sagrado, un esfuerzo abnegado y un pasaje a la gloria. Por eso era necesario omitir todas las variantes no sanguinarias de der Endlösung der Judenfrage (La solución final de la cuestión judía). Por eso el nazismo no pudo entrar en ningún tipo de acuerdos o compromisos, ni firmar treguas con los pueblos conquistados. No se podía permitir una delicadeza o una medida tácticamente conveniente. Así que no se trataba «sólo» del Lebensraum (el espacio vital), no «sólo» de que los eslavos sirvieran a los vencedores, de que los judíos desaparecieran, muriendo sin descendencia, condenados al exilio. El asesinato iba a convertirse en la razón del estado, en una herramienta de la política del país, no intercambiable por ninguna otra, y así fue, así llegó a serlo. Extracto de Muerte del cuerpo extraño, de Horst Aspernicus.

En la imagen dos supervivientes del campo de concentración de Dachau muestran el funcionamiento del crematorio arrastrando un cadáver hacia uno de los hornos. Dachau, Alemania, 29 de abril de 1945. Horas antes, en la medianoche del mismo día, Adolf Hitler se casaba con Eva Braun en una pequeña ceremonia civil en el interior del Führerbunker.

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