Sumidos en la recta final del mundial, con España peleando por levantar la copa, y con Argentina como único representante de América Latina en semifinales —no sin polémica—, en el vestuario de Private se juega otro Mundial; este sin VAR, sin fuera de juego y con un ritmo frenético que ni Mbappé o Yamine Lamal. Emily Pink es la árbitro, pero ni se le ocurre sacar tarjetas, pues lo suyo es calentar el partido desde el minuto uno. Los jugadores (Jesús Reyes, Juan Lucho y compañía) van a protestarle y ella, en lugar de amonestar, se los empieza a cortejar. Al final es ella la que pide la doble amarilla, perdón, la doble penetración y la atractiva colegiada, la señorita Pink, se corona la reina de un mundial que, creemos, merece más atención que el otro







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