No se trata de tener unas cualidades y una “calentura” innatas para afrontar una escena de porno bien duro; detrás de cada doble o triple penetración que ves en la pantalla hay un trabajo de fondo que haría palidecer a un atleta olímpico. Esto no es cuestión de alojar miembros como una bestia parda del sexo, ya que hay un trabajo previo de preparación, disciplina y un conocimiento del cuerpo que raya lo científico.

Las reinas de esta práctica —como Rebel Rhyder, Charlotte Sartre, Abella Danger, Gia Derza, Nuria Millan o la nueva ola de colombianas dispuestas a todo— no improvisan precisamente, en plan,» ¡Hala, quiero que me metan tres pollas por el culo porque estoy de lo más cachonda!» Estas tipas aguerridas tiene rutinas de entrenamiento, dietas controladas y, por supuesto, el lavado intestinal de marras, aunque a veces haya incidentes en tono marrón… No es un puto juego de niños, el esfínter es un músculo y, como tal, se entrena con dilatadores progresivos, ejercicios de Kegel adaptados y sesiones diarias de estiramiento. Todo medido para que todo después se agrande lo máximo posible. Paradójicamente.

Y no, no se anestesian, pues las profesionales rechazan cualquier tipo de analgésico porque, como dice la máxima del gremio: «si necesitas drogarte para hacerlo, igual no deberías hacerlo». Solo las novatas caen en esa trampa. Las veteranas, lo saben, el verdadero poder está en conocer los límites del cuerpo y trabajarlos con implicación y esfuerzo. Son conscientes de que esto es porno en mayúsculas, nada de polvos anodinos en el sofá de casa.

La recuperación también es sagrada, dado que una escena de este calibre (nunca mejor dicho) debe hacerse con un intervalo de una semana al menos. Y cuando el rodaje acaba, toca descansar, reparar microdesgarros y preparar el cuerpo para la siguiente contienda. Una disciplina de élite, insistimos, amigos de Orgasmatrix.






Comentarios