Cuando se publicó “El Principito”, la novela corta de Antoine de Saint -Exupery, fue apresuradamente rechazada sin haberla leído porque pensaban que hablaba de sexo, debido a la sugestiva terminación del título. ¿por qué no se llamó el príncipe, o el pequeño príncipe, ¿o niño príncipe? princi-pito sonaba casi pornográfico, como hubiera sonado también llamarla el rey chiquito, o chiquito, a secas. Posiblemente sí haya tenido esos elementos eróticos que con el paso de las ediciones se van cubriendo de inocencia, tal como dicen que también le sucedió al cuento de caperucita roja y el lobo feroz, que era relato para adultos.
Lo que se presenta a continuación es un intento por descubrir con unas cuantas palabras añadidas el sentido erótico a un hermoso capítulo de este maravilloso cuento. Con el debido respeto tomo como locación esta Catedral Orgasmatrix, con sus plazas, portales, aceras, calles, avenidas, esquinas de encuentro, jardines de reunión, oficinas, tiendas, comedores de concentración, cuartos y habitaciones de comunión, etc., y a sus personajes más caros —Gabe et Botijo— para que erotizándoles sea enaltecida la fantasía literaria saliendo a borbotones de la imaginación pornográfica que suple ahora la ausencia del video. Así sea. ¡Amen!
Cap. XXI
Entonces apareció el botijo:
—¡Buenos días! —dijo el botijo.
—¡Buenos días! —respondió cortésmente el princigabe que se volvió, pero no vio nada.
—Estoy aquí, bajo el manzano —dijo la voz.
—¿Quién eres tú? —preguntó el princigabe—. ¡Qué bonito eres!
—Soy un botijo —dijo el botijo.
—Ven a jugar conmigo —le propuso el princigabe—, ¡estoy tan triste!
—No puedo jugar contigo —dijo el botijo—, no estoy domesticado.
—¡Ah, perdón! —dijo el princigabe.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
—¿Qué significa «domesticar»?
—Tú no eres de aquí —dijo el botijo— ¿qué buscas?
—Busco a los hombres, pero no soy joto —le respondió el princigabe—. ¿Qué significa «domesticar»?
—Los hombres —dijo el botijo— tienen verga y cogen mujeres. ¡Es muy molesto! Pero también crían trans para coger. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas para coger?
—No —dijo el princigabe—. Busco amigos, pero no soy joto. ¿Qué significa «domesticar»? —volvió a preguntar el princigabe.
—Es una cosa ya olvidada —dijo el botijo—, significa «crear vín-culos… «
—¿Crear vín-culos?
—Efectivamente, verás —dijo el botijo—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un botijo entre otros cien mil botijos semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único culo en el mundo, yo seré para ti culo único en el mundo…
—Comienzo a comprender —dijo el princigabe—. Hay una flortrans… creo que ella me ha domesticado…
—Es posible —concedió el botijo—, en Orgasmatrix se ven todo tipo de cosas.
—¡Oh, no es en Orgasmatrix! —exclamó el princigabe.
El botijo pareció intrigado:
—¿En otro planeta?
—Sí.
—¿Hay cazadores en ese planeta?
—No. Puro mirón de porno
—¡Qué interesante! ¿Y para coger?
—No.
—Nada es perfecto —suspiró el botijo.
Y después volviendo a su idea:
—Mi vida es muy monótona. Cazo para coger y los hombres me cazan a mí para lo mismo. Todas las que son para coger se parecen y todos los hombres que cogen son iguales, excepto algún que otro Buda panzón; por consiguiente, me aburro un poco. Si tú me domesticas, aunque no me cojas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El botijo se calló y miró un buen rato al princigabe:
—Por favor… domestícame —le dijo.
—Bien quisiera —le respondió el princigabe, pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas. Además, tú eres un abu… ya no paras el tráfico
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el botijo—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas de coger. Y como no hay tiendas donde vendan amigos sin coger, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo sin coger, domestícame! Con esas diferencias nadie pensará en joterías, ni siquiera el fest ni el sherminator
—¿Qué debo hacer? —preguntó el princigabe.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el botijo—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…
El princigabe volvió al día siguiente.
—Hubiera sido mejor —dijo el botijo— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
—¿Qué es un rito? —inquirió el princigabe.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el botijo—. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo y cogen. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el princigabe domesticó al botijo. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el botijo—, lloraré.
—Tuya es la culpa —le dijo el princigabe—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…
—Ciertamente —dijo el botijo.
—¡Y vas a llorar!, —dijo el princigabe.
—¡Seguro!
—No ganas nada.
—Gano —dijo el botijo— he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El princigabe se fue a ver las rosas a las que dijo:
—No son nada, ni en nada se parecen a mi rosatrans. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el botijo era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil botijos. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo. Pero no soy joto, ¿eh?
Las rosas, que también eran trans como la suya, se sentían molestas oyendo al princigabe, que continuó diciéndoles:
—Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, no porque sea trans sino porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el botijo.
—Adiós —le dijo.
—Adiós —dijo el botijo—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el princigabe para acordarse.
—Lo que hace más importante a tu rosatrans, es el tiempo que tú has perdido con ella.
—Es el tiempo que yo he perdido con ella… —repitió el princigabe para recordarlo.
—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el botijo—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosatrans.
—Yo soy responsable de mi rosatrans… —repitió el princigabe a fin de recordarlo.
Fin






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