Clémence Audiard entró en el porno con 29 años, y en lugar de lamentarse por haber llegado un poco tarde, se plantó, miró alrededor y pensó: «Todo esto está muy bien, pero lo voy a hacer yo por mí misma, con mis propias ideas”. Se separó de su pareja, se dio cuenta de que nunca había sido del todo libre ni en la cama ni fuera de ella, y decidió fundar su propia productora, Clemence Crave. Todo pagado de su bolsillo. Ella es la directora, la productora, la encargada de los castings, la decoradora, la figurinista y la actriz principal.
Y el resultado es pornografía con clase; nada de folladas cutres en un sofá de skay. Ella alquila castillos de puta madre en Budapest, viste a las actrices como si fueran a salir en la portada de Vogue, y cuida hasta la posición de un puto rizo. Si una media está torcida dos milímetros, para el rodaje y lo arregla. Ella misma dice que es muy quisquillosa. Su primera gran serie se llama «No Way Back» y es una especie de «Los Bridgerton» pero donde en lugar de miraditas furtivas hay folladas de órdago. Rodó 15 escenas en cinco días. En un castillo, con corsés, telas caras y una simetría obsesiva que haría llorar a Wes Anderson. Pretende transformar el gonzo (ese porno bruto sin historia) en algo sensual, elegante y casi poético. Ella no corta las escenas para no romper la química entre los actores, y dice cuidar especialmente los gestos, las miradas y la luz. Ahora bien, sus títulos los guarda a bien recaudo por ahora.






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