La novata Chris Sinister parece salida de un cruce entre un dramón familiar de sobremesa y el diario de una villana de cómic con ínfulas de artista. Entre una infancia marcada por un familiars ultracatólicos que la acusaban de estar «¡poseída por la oscuridad solo por que le encantara Halloween, y sus años compaginando una oficina de cuello blanco con el striptease nocturno, la chica colecciona traumas como si coleccionase cromos. El clímax de su etapa civil llega cuando relata cómo, tras haberle pagado media hipoteca a sus encantadores padres para que luego la echaran a patadas, un cliente de discoteca le propinó un puñetazo que le dejó la oreja como una coliflor. Su reacción fue Dejar el garito esa misma noche y buscarse un agente por internet.
En este sentido, Chris Sinister resume su paso por la industria con la soltura de quien compra el pan, asegurando que le importa tan poco su propio físico que le da igual lo que le hagan con tal de sonreír al final del día al contar la remuneración. Con ese pasotismo absoluto por su propio cuerpo y una lista de planes rodaje tan rocambolescos que desafían la lógica, demuestra que se puede estar completamente ida de la olla y, aun así, firmar contratos con algunas productoras potentes del sector sin perder esa imagen de chica que no la ves venir.






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