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Foto de Scoreland

Tetonas

La fascinación por los pechos femeninos es un rasgo cultural común en casi todas las civilizaciones de la humanidad, algo que se ha ido repitiendo a lo largo de la historia de forma continua. Lo único que ha variado son los cánones respecto al tamaño o la forma, y está claro que a nosotros nos ha tocado vivir una época de opulencia cárnicas y exuberancia anatómica: nos gustan las tetas grandes (lo cual no quiere decir que no nos gusten las pequeñas o medianas, cuidado ahí), y por tanto las tetonas o tetudas son las grandes privilegiadas (o las grandes condenadas, sobre todo en lugares públicos) de la sociedad occidental. Una tetona tiene un problema de espalda y una ventaja en el día a día.

El porno, como fiel reflejo de las inquietudes sexuales de la gente, ha tomado las tetas y las tetonas como referente absoluto a la hora de incorporar talentos a la industria. Los vídeos de tetonas, incluso tras la eclosión de la culomanía que ha tenido lugar en el siglo xxi, son de lo más solicitado en cualquier tipo de manufactura erótica y el poderío antropológico de las tetas (probablemente algún tipo de obsesión freudiana atrapada en nuestro código genético) nunca ha llegado a ser superado por el contundente aflorar de los hiperculos. Hace unos años la guerra civil entre defensores de las tetonas y las culonas la habrían ganado los amigos de los cántaros colgantes, pero ahora la batalla está igualada.

Uno de los elementos clave de los vídeos de tetonas suele ser la edad de la portadora de dichas tetas. Por algún motivo las maduras tetonas son las estrellas del nicho, y de hecho hay mujeres relativamente jóvenes en el porno a las que se les cuelga el sambenito de MILF o de maduras tetonas solamente por tener un tamaño muy desarrollado de glándulas mamarias. Esto confirma la relación edípica que tenemos con las tetas y las tetonas y nos saca de dudas sobre una cuestión relevante: que estamos todos mal de la cabeza.