“Sólo quiero decir que lo siento muchísimo, ojalá pudiera volver atrás”, aseguraba la joven Mia Landingham ante la jueza Carolyn Friedland entre lágrimas y llantos. Pero ya era demasiado tarde: su novio yacía en el depósito de cadáveres víctima directa del sobrepeso. ¿Infarto? No, aplastamiento.
