Kimmy Granger

Hay en su expresión algo de esas guapas actrices de cine juvenil de los ochenta que con más de 25 años interpretaban a animadoras de instituto: una belleza genuina, saludable y fresca, una sonrisa que ilumina a quien la ve y que destapa un gesta de transparente simpatía y cercanía que poco tiene que ver con los cánones libidinosos del porno. La vocación, eso sí, le viene en la sangre: su madre lleva toda la vida trabajando como stripper, se ha casado cuatro veces y la ha hecho mudarse de colegio otras tantas. Era complicado que Kimmy no acabase en la industria del entretenimiento para adultos.

Dice Kimmy que se masturba desde los 12 años, y que en aquella misma época aprendió el glorioso arte de squirting, algo que da una idea de lo avanzada que está esta chica en cuestiones de exploración de la propia sexualidad. Al poco tiempo de empezar a trabajar como camarera en un restaurante, una amiga stripper le invitó a probar suerte en lo alto del escenario y descubrió que le gustaba exhibir su cuerpazo natural y cobrar por ello. El dinero fue, de hecho, lo que le hizo mirar más allá: en busca de aumentar sus ingresos decidió llamar a las puertas del mundo del porno, que se abrieron ante ella como suelen hacerlo cuando aparece una jovencita guapa con ganas de follar.

Por ahora su acogida ha sido muy buena y su volumen de producción en sitios como Naughty America, Brazzers o Reality Kings se mantiene regular desde su debut, aunque Kimmy no es de las que cede a las primeras de cambio: es una estratega, como la joven maga de las novelas de Harry Potter de quien sacó el apellido artístico, y es consciente de que la mejor táctica en cuanto a rentabilidad y popularidad y ir haciéndose hueco entre las famosas del mundillo y luego empezar a realizar prácticas un poco más exigentes que las productoras pagarán de buen grado. Cuando ella quiera dar esos pasos al frente, aquí estaremos para disfrutarlo.