Porno chileno

En un país al que la democracia llegó a principios de los noventa tras una dictadura militar de casi dos décadas, cuya doctrina política y religiosa se asemejaba bastante a la del franquismo y que hizo más daño en 17 años que otros regímenes totalitarios que han durando más tiempo, no es difícil imaginar que el porno era, sencillamente, inexistente. La incorporación de Chile al consumo y la producción de porno es algo progresivo y que está todavía en vías de desarrollo si lo comparamos con otras sociedades donde la paja frente a una pantalla ya es algo casi tradicional.

El aún incipiente porno chileno tiene, eso sí, mucha relación con el clima profundamente progresista que viene surgiendo de la sociedad chilena. Pero los estudiosos de este nacimiento cultural hablan sobre todo de Leonardo Barrera, el porno chileno hecho nombre y apellidos y el máximo pionero del cine para adultos en Chile. Su trabajo como pornógrafo posee una carga sociopolítica muy poco habitual en industrias ya asentadas del erotismo, y quizá esa es la mayor virtud de los vídeos porno chilenos comerciales: la intención de decir algo más, de despertar conciencias, de movilizar a la gente. Porque el placer y el disfrute sexual son motivos más importantes de lo que se suele creer para que una sociedad decida salir a la calle.

En el ámbito no profesional, el porno amateur chileno juega el mismo papel que en el resto de la Sudamérica en desarrollo: las webcams y las conexiones baratas a internet han convertido la red en un santuario de lujuria en la que el ciudadano chileno puede consumir porno casero chileno, incluso porno gay chileno, elaborado por sus compatriotas y con ese acento tan familiar.