Cultura
Joel Peter Witkin
Muchos califican su obra de obscena, inútil y depravada, pero quienes mantienen esta postura creo se pierden en el espasmo vomitivo que la locura, el sexo, la muerte y la aberración pueden llegar a provocarles. Una cabeza diseccionada y ubicada de forma que parezca se besa a sí misma, una mujer desnuda sosteniendo tres fetos, una gorda desnuda y sin piernas apoyada en un pedestal, una mujer con genitales masculinos enlazada a su chihuahua. Más allá del tejido carnoso y los excesos orgiásticos, hay una particularidad que merece ser rescatada de sus fotografías: la ambientación. Un desafiante paseo por el corazón de los infinitos salones de un fuerte habitado por freaks.
Cada representación enseña, respetando esta ambientación feudal característica de Witkin, a los diferentes moradores y su habitáculo, convirtiendo así a una retrospectiva del autor en un tortuoso catálogo FOA.

Witkin dice que muchos deben considerarlo un demonio, pero que aquellos que comprenden sus trabajos y lo aprecian son los únicos en interpretar el amor y coraje que son necesarios para hacer de esas fotos prodigio y belleza. Que su arte es sagrado y representa la forma en que concibe y define la vida, son la medida de su carácter y una cualidad de su alma.
De todo ello que las tomas de Witkin sean difíciles de definir. Sus fotografías reúnen espléndida composición, curiosidad por su técnica, y atrocidad de algo a lo que no llego a considerar vida, sino todo lo contrario, confusión de cuerpos mutilados suspendidos a los efectos de generar clima. Amén

25/11/2002 |
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